Clasicosis

Off Hollywood: 'Narciso negro'.

- En este lugar, con este ambiente tan extraño y esta gente nueva... Quédese conmigo esta noche después de la misa y rezaremos juntas. Y trabaje, hermana, trabaje hasta que esté tan cansada que no piense en otra cosa.

Ficha: Narciso negro.

El cine clásico nunca dejará de sorprenderme. O eso espero. A veces te dispones a ver un film de 1947 centrado en unas monjas y te encuentras con un drama psicológico de lo más turbio. Es más, dudo bastante que a día de hoy se pudiese estrenar un film así con una estrella a la cabeza sin levantar una gran polvareda.

"Narciso negro" (Black narcissus, 1947) está dirigido y escrito por el dúo Michael Powell y Emeric Pressburger. La pareja desarrolló su carrera conjunta copando las labores de dirección, guion, y gracias a sus estudios Archer (sobrenombre por el que también se les conocía) también se encargaban de la producción. Con la libertad que esto les proporcionaba consiguieron crear títulos tan arriesgados.

La trama gira en torno a un grupo de monjas a las que destinan a un remoto pueblo del Himalaya. Ninguna expedición anterior había conseguido instalarse y evangelizar a los habitantes de este extremo lugar. La joven hermana Clodagh (Deborah Kerr) adopta por primera vez el papel de madre superiora, la cual será una labor especialmente ardua. La hermana Ruth (Kathleen Byron) será de las que peor se adapten a esta nueva misión. El único occidental, Mr. Dean (David Farrar), será a quien acudan en busca de ayuda a pesar de que él no ve con buenos ojos que ellas anden por ahí.

Al igual que en films como "El viento" (The wind, 1928) de Victor Sjöström o el Rossellini de "Te querré siempre" (Viaggio in Italia, 1954) o "Stromboli" (1950), el entorno es un personaje más. Si no estuviensen en el enclave que están, el comportamiento de las novicias no sería el mismo. Este lugar imposible del Himalaya afecta tanto a sus habitantes que el más cuerdo se podría decir que es el ermitaño que lleva 30 años sin hablar ni moverse.

Deborah Kerr y Kathleen Byron se reparten las dos caras de la misma moneda. Ambas se comen la pantalla. Kerr a base de contención, Byron a base de llevar a su personaje hasta un precipicio. De hecho, algo que evoluciona con los personajes es la impresionante fotografía de Jack Cardiff. Quien años más tarde se pasaría también a la dirección, realiza aquí uno de sus grandes trabajos. Le valió su único Oscar y dudo que en los primeros años de Technicolor alguien haya hecho un trabajo tan sublime y medido. En las primeras escenas se ve claramente el homenaje al pintor Vermeer. En el último tramo cambia la paleta por colores mucho más intensos que afectarán indudablemente a nuestra percepción de la historia.

En estas últimas líneas no me queda más que recomendar esta extraña, atípica e hipnótica película a quien esté dispuesto a probar algo distinto. No será del gusto de todos los espectadores y eso es lo que la hace especial. Los que acaben conectando con ella quedarán gratamente sorprendido e impactado. Los que no lo hagan al menos podrán disfrutar de la belleza de una casi debutante Jean Simmons como una exótica nativa. Siento no poder decir más pero, sin duda, este es uno de esos films que cuánto menos se sepa más se disfruta.