Clasicosis

Off Hollywood: 'Una partida de campo'.

- Siento una enorme ternura por todo por la hierba, el agua, los árboles. Una especie de deseo vago... Nace aquí y sube. Casi me dan ganas de llorar. ¿Sentías eso cuando eras joven?

- Querida, aún lo siento, aunque soy más vieja y más sabia.

Ficha: Una partida de campo.

Me arriesgaría a decir que la mayoría de nosotros conoció antes a Renoir padre que a Renoir hijo. El padre, Pierre Auguste Renoir, fue un excelente y recordadísimo pintor impresionista cuyos cuadros buscaban la belleza centrándose en la figura femenina y en momentos de alegría u optimismo. El hijo, Jean Renoir, dirige aquí un mediometraje que, aunque basado en una historia de Guy de Maupassant, sirve de magnífico homenaje al trabajo que haría inmortal a su padre.

Una partida de campo” (Une partie de campagne, 1936) es una píldora que inyecta vitalidad a pesar de no olvidar que no todo en la vida es agradable. Este título se realizó entre los largometrajes que le estaban empezando a dar prestigio internacional: “Los bajos fondos” (Les bas-fonds, 1936) y uno indispensable de su carrera, “La gran ilusión” (La grande illusion, 1937). Desgraciadamente no llegó a concluirlo y ha llegado hasta nuestros días incompleto, pero este detalle no debe ser ningún impedimento para lanzarnos a verlo.

Henriette (Sylvia Bataille) es una joven que va a pasar el día al campo con sus padres, su abuela y su futuro marido, un hombre con bastante pocas luces. La gente de ciudad, ese día en el campo se vive con una intensidad especial, es un hecho extraordinario que ocurre una vez al año. Henriette se emociona con prácticamente todo lo que tiene a su alrededor. Disfruta de un columpio o llora con un ruiseñor. En un día así, está más perceptiva y sensible a todo lo que pueda ocurrir.

Acompañada por su familia, el relato nos sumerge en un cuadro impresionista. Y ya no sólo por ese mencionado homenaje a Renoir padre sino porque es como introducirse en el estanque de Monet o en el almuerzo de Manet. Jean Renoir nos regala planos de una belleza apabullante. Al estar condensado en tan solo 40 minutos, hay elipsis y una poética en el montaje del film que embaucan al espectador de forma inevitable.

Lo que en un principio puede parecer un retrato de la ridícula y ruidosa baja burguesía parisina pronto se torna en una historia distinta, con corazón. Y a veces el corazón está ahí para que nos lo rompan. Se lo dejamos a Renoir un rato y él nos lo retuerce como quien estruja una bayeta húmeda. Y nos lo devuelve como si nada. Bajo su etiqueta de obra inacabada, uno no espera tal despliegue de emoción, intensidad y maestría.

La historia de Henriette y Henri se graba a fuego en nuestra memoria. Personalmente, le doy una visión optimista. El film consigue que tenga ganas de salir a vivir, el día menos esperado puede traer situaciones que nos cambien como personas. El que no arriesga no gana, aunque a veces quien arriesga pierde. Renoir consigue inspirarme. En un plano completamente distinto a  “Esta tierra es mía” (This land is mine, 1943), el realizador francés consigue que su historia traspase todas las barreras y llegue a mí como una inyección de vida. En mi opinión, una obra maestra a la que todo cinéfilo debería abrirse.