Clasicosis

‘Nuestro hombre en La Habana’ se mete en un buen jardín.

- Usted me dijo que inventara y yo inventé...

Ficha: Nuestro hombre en La Habana

Siempre hay films que resultan difíciles de explicar. Te producen o te dejan unas sensaciones a veces contradictorias que ni tú mismo sabes muy bien cómo analizar. A mi me pasa con este título. Cuando la recuerdo la valoro más que cuando la veo. Le reconozco muchos aciertos, pero que se hacen más grandes en mi memoria, cuando estoy frente a ella no la disfruto tanto. “Nuestro hombre en La Habana” (Our man in Havana, 1959) me produce todo esto y aquí a intentar explicar porqué, si es que consigo descubrirlo.

Esta película inglesa viene avalada por un tándem que funcionó a la perfección diez años antes, el director Carol Reed y el escritor Graham Greene firmaron “El tercer hombre” (The tirad man, 1949), una auténtica obra maestra. Su primera colaboración viene del año anterior de la mano de “El ídolo caído” (The fallen idol, 1948). Tras esto todo parecía apuntar a que con este tercer film volveríamos a ver una gran historia, pero algo falla.

 

Jim Wormold (Alec Guinness) es un vendedor de aspiradoras en la Cuba de Batista. Su pequeño comercio le permite vivir desahogado, pero su hija se está haciendo mayor y él prefiere verla crecer en Suiza que en el ambiente enrarecido de la isla. La ocasión se le presenta en bandeja de plata cuando aparece el extraño Hawthrone (Noël Coward) para ofrecerle ser espía de los servicios secretos británicos y así sacarse un buen dinero extra. El problema se produce cuando descubre que es un auténtico inútil en lo que a espionaje se refiere y sigue el consejo de su amigo el doctor Hasselbacher (Burl Ives), que se invente la información, total, ¿qué podría pasar mal?

El film, visto en el papel puede parecer una combinación maravillosa, un buen director como Carol Reed, acompañado al guion por Graham Greene, de protagonista tenemos a Alec Guinness, un grandísimo actor que en la película defiende este nombramiento, ya que su interpretación de un hombre simple y tranquilo que se está metiendo en un jardín del que no sabe si podrá salir es perfecta. El resto de reparto, ya sean nombres consagrados como Maureen O’Hara o Nöel Coward, como los más secundarios y desconocidos también dan la talla. Tenemos una impresionante fotografía que corre a cargo de Oswald Morris (responsable también de "La Huella" original) y que el film esté grabado en la auténtica Habana se agradece enormemente. Salir de los interiores y decorados, y ver el escenario real es un gusto para la vista del espectador que ayuda a que el film entre mucho más por los ojos. Música de estilo cubana y caribeña añade un punto de alegría a la película que ayuda a distender el ambiente y a darle una buena atmósfera.

Y aquí es cuando llegan los peros. Sobre el papel sí que parece un buen film, pero a la hora de la verdad no llega a calar. No sé si se podría considerar una comedia, que tenga diálogos con comentarios ingeniosos no es suficiente. Que ridiculice el espionaje, el trabajo de los servicios secretos o la diplomacia, que lo hace, no llega para que se pueda etiquetar a la película como de humor. Respecto a la intriga, nuestro protagonista se va metiendo cada vez en un lío más grande, pero tampoco tenemos la sensación de que un peligro inminente le aceche, porque básicamente, el film carece de ritmo y tensión como para que lleguemos a involucrarnos. Es, más bien, cómo si estuviéramos observando las aventuras y desventuras de un pobre hombre que se ha metido en una situación que le queda grande, pero que si sale o no indemne, a mi personalmente, me da bastante igual.

Formalmente, el film no tiene ninguna pega, pero es en el fondo donde, en mi opinión, hace aguas, va sin rumbo, y esa sensación nos la transmite y contagia. La cinta se deja ver sin problema, pero tan pronto como se ha visto se puede olvidar. Sin embargo, hay otros que no la olvidamos porque continuamos torturándonos con la idea de porqué esta película no funcionó.