Clasicosis

“Vampyr, la bruja vampiro” ¿paranoia o realidad?

- Las criaturas de los abismo visitan los hogares de los vivos durante la noche sembrando la muerte y el mal.

Ficha: Vampyr, la bruja vampiro

Hace unos meses mi compañero José Carmona comenzó con un interesantísimo ciclo llamado “Clásicos vampíricos”. Tras avanzar con un par de títulos de los que han marcado la historia del cine como son “Nosferatu” y el “Drácula” de Tod Browning, hoy seré yo quien prosiga con un título algo atípico en lo que a vampiros se refiere.

Carl Theodore Dreyer es uno de los directores europeos más prestigiosos de la época clásica y un imprescindible a la hora de analizar la evolución del cine a lo largo de los años. “Vampyr, la bruja vampiro” (Vampyr, 1932) no recibió una gran acogida entre la crítica, lo que llevó a Dreyer a once años de sequía cinematográfica que rompería con “Dies Irae”. Muy posiblemente en su momento este título no cayó en gracia ya que se separa bastante de la típica historia de vampiros a la que estaban acostumbrados, afortunadamente el tiempo la ha puesto en su lugar.

La historia se basa en “In a glass darkly”, una serie de relatos cortos de Sheridan Le Fanu los cuales inspiraron a Bram Stoker para su archiconocida novela “Drácula”. El film se centra en Allan Gray (Julian West), un estudioso de ocultismo con ciertos problemas para diferenciar la realidad de la fantasía. En su primera noche en el pueblo de Courtempierre, mientras duerme, un hombre entra en su habitación dejando un paquete para abrir tras su muerte. Gray no sabrá si se ha tratado de algo real o de una simple pesadilla pero empezará a indagar en sucesos que parecen estar ocurriendo en el pueblo.

En su primera película hablada, Dreyer consigue crear una atmósfera de lo más atractiva con imágenes que nos pueden causar cierto impacto. Sin embargo, terror propiamente dicho, al espectador de hoy en día es muy posible que no le provoque. Principalmente creo que se debe al planteamiento del film como si de una investigación se tratara. Acostumbrados a tener al vampiro como protagonista siempre presente y acechando, en esta ocasión las tornas son bastante distintas. No tenemos esa amenaza constante pero sí tenemos que jugar a descubrir si lo que ve nuestro protagonista es real o hay una gran parte de paranoia.

Técnicamente, Dreyer se vuelve a unir a Rudolph Maté, con quien ya había trabajado en “La pasión de Juana de Arco” (La passion de Jeanne d'Arc, 1928). Ambos nos demuestran con este film las maravillas que se podían llegar a hacer a pesar de estar en los años 30. Los juegos con las sombras o las visiones espectrales son un claro ejemplo de la genialidad que alcanza el film.

Este film demuestra que el cine alemán de los años 20 y 30 estaba revolucionando el panorama cinematográfico. A parte del movimiento expresionista o la libertad de los films de von Sternberg y Dietrich había cabida para obras de corte más experimental. “Vampyr” se llevó a cabo gracias a la inversión del Baron Nicolas de Gunzburg a cambio de reservarse el papel protagonista (bajo el seudónimo de Julian West). El poco presupuesto le dio la libertad necesaria para que a día de hoy, gracias a su originalidad, riesgo y transgresión haya conseguido colarse en la historia del cine.