Clasicosis

Cine Clásico: 'Las uvas de la ira' brotan del pueblo llano.

- Entonces, ¿a quién disparamos?

- Hermano, no lo sé. Si lo supiera te lo diría. No sé de quien es la culpa.

Ficha: Las uvas de la ira.

Estamos en crisis. No hay trabajo. ¿Os suena, verdad? Todo esto ya ha pasado y vuelve a pasar porque la humanidad tiene esa maravillosa virtud de no aprender de sus errores. Hace ya más de 70 años que John Steinbeck ganaba el Pullitzer con su demoledora y polémica novela. En la actualidad se mantiene tristemente vigente.

"Las uvas de la ira" (The grapes of wrath, 1940), en su adaptación al cine, tuvo que rebajar la crudeza del relato para poder ver la luz. John Ford permitió por primera vez al productor Darryl F. Zanuck involucrarse en exceso en la película. Zanuck se tomó la realización de esta película como algo personal. Ford le dejó dirigir el monólogo final y se metió en la sala de montaje para editar parte del film.

Durante la Gran Depresión, una gran sequía asoló Oklahoma. Millones de personas tuvieron que emigrar a otros estados, especialmente California, convertida en la nueva tierra prometida. La trama se centrará en el peregrinaje de la familia Joad. Tom Joad (Henry Fonda) sale de la cárcel tras 4 años y se encuentra con un hogar vacío. Los que se han quedado están al borde del abismo pero le avanzan con qué se va a encontrar. Una vez reunido con su familia emprenderán un viaje en condiciones prácticamente inhumanas.

El film es un tremendo azote al avaricioso sistema sobre el que se asienta la sociedad. Un sistema que no dudará en echar a gente de su tierra y hacinarla en durísimas condiciones. El individuo no cuenta, es sólo una cifra de productividad. ¿Os suena, verdad?

La frase que encabeza esta entrada viene a continuación de un breve y a su vez desolador resumen del organigrama financiero. Una de las muchas víctimas a las que han expropiado de su casa quiere conocer el nombre del culpable. No lo encontrará. Se dará con una sucesión de puestos de poder interminable. Nadie tiene la culpa, el sistema es así. No intentes luchar, no servirá de nada. Eso lo tiene claro la madre, Ma Joad (Jane Darwell), quien sólo mira para delante. No gasta energía en buscar a los causantes, dedica sus fuerzas a intentar alimentar y mantener a su familia unida.

Cada parada en el camino es un golpe de realidad. Toda la familia viaja con la ingenua idea de que en California acabarán sus problemas. Ojalá. A cada paso la familia se irá desintegrando más. Se irán dando cuenta de que su "El Dorado" se parece más a una esclavitud. En una época en la que el cine de corte realista y social brillaba por su ausencia, John Ford realiza un film sin paños calientes. El cine que Preston Sturges llevaba a debate en "Los viajes de Sullivan" nos lo sirven aquí en bandeja de plata.

El guionista Nunnally Johnson tuvo que adaptar una de las novelas más importantes del siglo. No sólo tuvo que adaptarla al lenguaje cinematográfico sino que tuvo que "edulcorarla" sin que perdiese su esencia. Incluso John Steinbeck quedó gratamente satisfecho con el resultado. Sin embargo, nada sería lo mismo sin el impresionante trabajo interpretativo.

Henry Fonda tiene un personaje de lo más complejo. Un hombre que quiere hacer las cosas bien, inteligente, protector pero ante las injusticias que está presenciando no será capaz de mantenerse al margen y no intervenir. Hemos visto al actor varias veces en una situación similar y sabemos que es un seguro para papeles así. En esta ocasión vuelve a estar formidable. Jane Darwell desgraciadamente sea más recordada por ser la anciana que daba de comer a las palomas en "Mary Poppins" (id, 1964). Aquí interpretará a la fuerza, tesón, orgullo y coraje de quien ya no tiene nada, solo una familia por la que preocuparse. Esta mujer ya no puede perder más, sin embargo tiene una dignidad, sabiduría y humanidad que ya la querrían para sí quienes dominan el mundo. Es uno de esos personajes a los que podemos calificar de "robaescenas". El resto de reparto: padres, abuelos, predicadores que han perdido la fe, vecinos que han perdido sus casas, capataces, policías, camareras, etc, dejarán su impronta en el film aunque sus minutos sean escasos.

John Ford, siempre recordado por sus westerns, tiene dramas en su haber que solo se pueden calificar de soberbios. "Las uvas de la ira" es uno de ellos. Ford cogió su cámara y nos mostró un lado al que nadie en el cine le estaba prestando atención. Mostró lo que nadie quería ver y dio voz (y dignidad) a quienes nadie escuchaban. Ver esta película en cualquier momento es duro, pero su vigencia la hace ahora desgarradora y necesaria. Costará encontrarlo, pero siempre habrá un mensaje al que agarrarnos, como dice Ma: "No pueden acabar con nosotros; no nos pueden barrer. Duraremos eternamente, Pa, porque somos el pueblo."