Clasicosis

Cine Clásico: 'La noche de los gigantes', tensión en silencio.

- Tiene instinto criminal. Mata solo por placer y he de impedir que la mate a usted.

Ficha: La noche de los gigantes.

El western es un género que acepta todo tipo de variantes. Pueden incluir comedia, dramas familiares, aventuras, ser de corte épico o histórico y un sin fin de ópticas más. El título de hoy se acerca más al suspense. Busca asfixiar y agobiar al espectador.

Robert Mulligan y Gregory Peck trabajaron juntos en la obra maestra "Matar a un ruiseñor" (To kill a mockingbird, 1962). Solo volvieron a coincidir una vez más, en el film que hoy nos ocupa: "La noche de los gigantes" (The stalking moon, 1968). No, yo tampoco sé a qué se debe ese título, en México se llamó "La noche de la emboscada" lo cual parece bastante más acertado.

Sam Varner (Gregory Peck) es un explorador del ejército a punto de retirarse. En su última misión apresan a todas las mujeres y niños de un campamento apache. Entre todos ellos se encuentran Sarah Carver (Eva Marie Saint), una mujer secuestrada diez años antes. Ahora, con un hijo fruto de uno de los miembros más salvajes de la tribu, pedirá ayuda a Sam para escapar a salvo de ahí.

El cine clásico en su mayoría ha intentado pasar por encima de la problemática con el trato a los nativos americanos. Querer que los indios reciban un trato medianamente justo o que se pongan de su lado es una aspiración que debemos olvidar y partiendo de ahí podremos disfrutar esta clase de films. A lo largo de la historia del cine hemos visto casos de raptos de mujeres blancas, quienes permanecían años secuestradas y acababan teniendo descendencia mestiza. Sobre la liberación de una de ellas se sustenta este film. Quizás analizando el tipo de cine de Mulligan, de corte más bien intimista, uno esperaría que se centrase en la vuelta a la normalidad de una mujer que ha pasado por el calvario de ver a sus hijos y marido asesinados y con un hijo de uno de los apaches más letales. El momento donde ella ve reflejado su rostro en un cristal tras diez años de cautiverio es sobrecogedor.

Sin embargo, en esta ocasión Mulligan se desmarca de lo que acostumbraba a hacer y el film busca más la tensión del asedio. Aun así, es una película que emana quietud y dolor. Nos retrata a los personajes a través de sus silencios. Especialmente escalofriante es el rostro del hijo, un niño en una situación confusa a quien no le vale con la compañía de su madre, necesita el entorno donde se ha criado, el ambiente donde sabe desarrollarse. Eva Marie Saint no nos deja olvidar el trauma que ha vivido. Su actuación, principalmente a través de sus ojos, desprende un constante sufrimiento. Peck vuelve a encarnar al honorable héroe sin estridencias ni demasiada gestualidad. Una actuación contenida pero apropiada para el tono del film.

El guion de Alvin Sargent y Wendell Mayes está medido con cuentagotas para darle la sobriedad buscada. Los silencios valen tanto como lo que se dice. Y con tantos momentos sin texto, la labor de Charles Lang a cargo del Technicolor y de la música del novato Fred Karlin es esencial para crear la atmósfera buscada. Bajo la batuta de Mulligan todos consiguen proporcionarnos un western atípico pero digno de mención.