Clasicosis

Cine Clásico: 'Odio en las entrañas', sindicato extremo.

- Es un trabajo terriblemente duro el de ahí abajo. No el tipo de trabajo que generalmente buscan los hombres con manos como las tuyas.

- Son las únicas manos que tengo.

Ficha: Odio en las entrañas.

En 1970 el cine clásico tendía a desaparecer. Quedaban directores con maneras clásicas que se las batían frente a una audiencia (y especialmente una crítica) que evolucionaba y ya no quería lo de siempre. Injustamente, esto juega en contra de ciertas cintas que se ven arrastradas por la marea. La apariencia, sin darle una oportunidad realmente al título, llevó a esta película a un olvido prácticamente inmediato.

"Odio en las entrañas" (The Molly Maguires, 1970) está dirigida por Martin Ritt, quien tiene más de un título memorable en los años 50 y 60. Está protagonizada por Sean Connery, quien en ese momento era James Bond. Y ni con esas la película levantó muchas expectativas. La mezcla de melodrama rural, cine político y el estar basado en hechos reales dejó frío al público. Ahora, visto con la perspectiva de las décadas, estamos ante un film realmente atípico para la época y más descatable de lo que parece.

En 1872, llega a un pequeño pueblo minero de Pennsylvania el detective James McParlan (Richard Harris). Su objetivo será entrar a trabajar en la mina y conseguir infiltrarse en un peligroso grupo secreto llamado "The Molly Maguires", un sindicato radical que no duda en usar la violencia para luchar porque haya más justicia entre los trabajadores de la mina. Esta banda está liderada por Jack Kehoe (Sean Connery), una figura que existió realmente. Al igual que Molly Maguires, que actuaban en Irlanda, Inglaterra y Estados Unidos.

Martin Ritt toma varias opciones arriesgadas. La primera es que no haya ni una palabra durante el primer cuarto de hora de película. Mostrando la rutina del pueblo y la mina sin necesidad de diálogo hace que el espectador entre en el tono del film. No será trepidante ni lleno de giros sino directo y sin estridencias. La segunda es que no oiremos al personaje de Sean Connery hasta sobrepasar los 40 minutos de metraje. Y a pesar de ello es indudable que es uno de los protagonistas.

Personalmente creo que el gran acierto de la película es el no juzgar ni a los personajes ni a los bandos. Los dueños de las minas tratan a los trabajadores de forma deplorable, escenas como la del momento de cobrar nos enfurece. Pero tampoco las maneras de estos subversivos son enaltecidas. Incluso el detective tiene sus claros y oscuros. No hay héroes ni villanos. Sin ser pretenciosa, busca más ser una cinta que toque la conciencia social de los espectadores.

Por el contrario, su gran fallo es el ritmo que le imprime pudiendo llegar a ser algo monótono. No aburrido pero sí con una cadencia muy igual. Aun así, todas estas peculiaridades hacen de esta película algo distinto.  James Wong Howe sabemos que era un maestro del blanco y negro pero aquí consigue dar una tonalidad ocre y marrón que cubre todo el film dándole un peso mayor aún a la atmósfera. El genio Henri Mancini se une al tono contenido de la película con su banda sonora.

En torno a las interpretaciones poco hay que destacar, Harris y Connery se convertirían en muy buenos amigos y esa camaradería se deja ver en su trabajo. Samantha Eggar tuvo una carrera discretísima pese a su fuerza en pantalla, aquí es otra buena muestra de ello. Lo que nos demuestra esta película es que los prejuicios en el cine pueden jugarnos una mala pasada. Una cinta que a priori parece que no tiene nada que aportar, puede sorprender si estamos dispuestos a darle su merecida oportunidad.