Clasicosis

Cine clásico: ‘Horizontes de grandeza’ de un pacifista en el Oeste.

- Vaya, ¿qué os parece? Tenemos aquí a un caballero. ¿No os sentís débiles y achicados al ver entre nosotros a tan noble y apuesto galán y con un traje tan elegante?

Ficha: Horizontes de grandeza.

Últimamente he mostrado, en más de una ocasión, mi reticencia a las películas con un metraje excesivamente largo, entendiendo por largo todo lo que traspase la frontera de las dos horas y media. Lo que suele ocurrir es que estos films me pueden llegar a gustar, pero rara vez llegan a encantarme, ya que lo quiera o no mi cuerpo ya está deseando que me levante del sofá y pone el listón de maravillarse muy alto. Pero hoy, para romper esta maldición, traigo una película larga y que, sin embargo, me convenció plenamente.

“Horizontes de grandeza” (The big country, 1958) es un western del más que versátil William Wyler, con una de las bandas sonoras quizás más reconocibles de este género, con un entorno natural que forma parte de la historia como un personaje más y con un tono que poco tiene que ver con el del western al uso.

James McKay (Gregory Peck) es un hombre culto y refinado que viene desde el Este a formalizar su relación con Patricia Terrill (Carroll Baker), casarse y establecerse allí. Antes incluso de llegar al rancho donde conocerá a su suegro, el Mayor Terrill (Charles Bickford), McKay recibirá la bienvenida de la familia rival, los Hannassey, quienes le demostrarán cómo se las gastan por esas latitudes. McKay quitará hierro al asunto, pero su prometida lo ve como una ofensa y cree que debería ir a limpiar su nombre y su honor, a partir de aquí, será cuando se vaya dando cuenta de lo poco que encaja alguien como él en un ambiente con tanta violencia a flor de piel.

Esta película, dibuja un arco a través de sus personajes donde tiene cabida todo tipo de personalidad, en el plano femenino, en contraposición a la casi infantil y malcriada Baker tenemos a una espectacular Jean Simmons, una mujer inteligente y fuerte a que podríamos considerar la responsable de que las dos familias no se hayan matado antes. En el plano masculino tanto los personajes como las interpretaciones también son dignas de elogio. Gregory Peck da vida a un hombre que está completamente fuera de su hábitat natural y de gran moralidad que tiene que defender sus principios sin caer en la ridiculez, cosa que se consigue fácilmente gracias al guion de Robert Wilder, Charlton Heston se mantiene en un segundo plano siendo el fiel ayudante del mayor Terrill, un hombre leal pero no ciego ante las acciones de su patrón. Burl Ives, el único en llevarse el Oscar, es la cabeza del clan contrario, un hombre que luchará por todos los medios para conseguir su objetivo, pero que también tiene un sentido de la justicia y honor que hará que siempre actúe en función de su código.

El uso del cinemascope es simplemente apabullante. El mismo paisaje puede ser de lo más liberador o por el contrario de lo más opresor y asfixiante. Los tintes psicógicos de esta historia, sumados a esa maravillosa estética y junto con los acordes de Jerome Moross hace que este western se salga del marco general y no deje indiferente a ningún espectador.

Este no es un film para quienes usen el western como vía de escape, un film relajado, con golpes y mamporros gratuitos o una trama de fondo romántica y fin. Aquí vamos a reflexionar sobre el hombre, sus actos, sus valores, la forma de entender el mundo de unos y otros y vamos a pasar un gran rato disfrutando de cómo este pacifista sale de los atolladeros que el rudo oeste le presenta. Aunque también advierto que a lo mejor la visión de muchos sobre el oeste cambia durante una buena temporada, deja de ser esa diversión salvaje para convertirse en un entorno con cierto patetismo que nos dejará marca.