Clasicosis

Cine clásico: ‘No somos ángeles’ porque no queremos.

- Atenderá bien a su cliente, señora. Es un genio, una vez timó nueve millones de francos, no encuentra a un hombre así todos los días.

- Supongo, pero que un presidario atienda a un cliente…

Ficha: No somos ángeles

Estamos acercándonos a las polémicas fechas navideñas, adoradas por unos, aborrecidas por otros y como ya dijo Mr. Kaplan, en el blog vamos a hacerle un hueco a títulos donde estas fechas centren buena parte de la trama. Casualmente en esta película, también tenemos la Navidad de fondo, aunque es tan leve que no será una de las que entre en este grupo, tengo otros títulos más identificativos en mentes.

“No somos ángeles” (We´re no angels, 1955) pasará a la historia por ser una de las pocas comedias de Humphrey Bogart y también por ser la película que le reunió de nuevo con Michael Curtiz tras la inolvidable “Casablanca” (id, 1942). Pero aparte de estos nombres, el resto del reparto es de escándalo, Peter Ustinov, Aldo Ray, Leo G. Carroll, Joan Bennett y Basil Rathbone.

A finales del siglo XIX, tres presidiarios en la Isla del Diablo (Bogart, Ustinov y Ray) consiguen fugarse y para pasar desapercibidos deciden ir a la tienda de los Ducotel (Leo G. Carroll y Joan Bennett) a robar algo de ropa y dinero. Primeramente se instalarán en el tejado para pasar desapercibidos haciendo que están trabajando ahí, pero la familia Ducotel es tan educada y bondadosa que no hará nada fácil su objetivo.

Durante este intento de robo podemos ver a Bogart tanto arreglando el tejado, como manejando algo de contabilidad, vendiéndole hasta un peine a un calvo, cocinando con un precioso delantal rosa y mil situaciones más a los que no nos tenía para nada acostumbrados. Pero la comedia no se sostiene por la curiosidad de ver a este actor en este género sino por su cómputo global. Ustinov siempre es un valor seguro para la comedia, y aquí lo demuestra una vez más sacándonos muchísimas carcajadas. Joan Bennet, a quien por lo menos yo asocio con femmes fatales del cine negro, o Basil Rathbone a quien acostumbramos a ver, espada en mano, batiéndoselas con Errol Flynn, o Leo G. Carroll, eterno actor secundario en películas de Hitchcock todos ellos aportan su grano de arena a la atmósfera cristalina y bienintencionada del film. Michael Curtiz narra la historia de una forma casi teatral, toda la acción transcurre en el mismo escenario, una casa con la tienda donde los personajes van entrando y saliendo continuamente.

En resumen, es una comedia blanca con puntos de humor negro y ácido, sin moralina explícita aunque las buenas intenciones están en el ambiente. Una sorpresa para los que se acerquen a ella casi sin saber qué es lo que van a ver, como fue mi caso, y recomendable para todo aquel que quiera pasar un rato divertido y, sin querer, puede llegar a encontrar más de lo que a primera vista puede parecer.