Clasicosis

Cine clásico: ‘Damas del teatro’ en lucha por sobrevivir.

- Siempre he querido vivir en un ambiente como este.

- Mira hija, tú no entiendes de ambientes como éste. Ya verás cuando lleguen a las 5 de la mañana los coches de la basura.

Ficha: Damas del teatro

Hoy vamos con uno de los pocos films que Ginger Rogers intercaló mientras rodaba con su eterna pareja cinematográfica Fred Astaire un musical tras otro. Un film que reconcilió (durante un tiempo) a Katharine Hepburn con la taquilla americana. Un film que dirigió Gregory La Cava correctamente pero de los que no puedes parar de emitir un lamento deseando que hubiera sido otro quien lo hubiera dirigido, piensas “lo que habría hecho Cukor aquí…”

Por lo que hemos ido viendo hasta ahora, tanto Rogers, como Hepburn o La Cava se desenvolvían con soltura e incluso maestría en la comedia, pero este film va un paso más allá. “Damas del teatro” (Stage door, 1937) es una de esas historias que a medida que avanzan los minutos se va tornando de lo que parecía una amable comedia en un drama ligero pero puede llegar a conmovernos.

Terry Randall (Katharine Hepburn) es una chica educada y culta que quiere probar suerte como actriz. Para ello, lo primero que hace al llegar a Nueva York es instalarse en una residencia para actrices donde compartirá su habitación con la descarada y directa Jean Maitland (Ginger Rogers).

Nosotros somos Katharine Hepburn, ella llega con la ilusión de actuar y vivir en un ambiente que ha idealizado. Muchas actrices conviviendo es sinónimo de diversión, comprensión, apoyo, estar representando Hamlet aunque sea en la intimidad de su salón casi a diario. Por desgracia, cada minuto que pasa tanto ella como nosotros descubriremos que las cosas no son tan idílicas como creemos, hay roces entre las huéspedes, llevar meses esperando un papel hace que la depresión, la desgana o la susceptibilidad estén a flor de piel y la convivencia no sea tan agradable como parecía en un principio. Además, la competitividad en un mundo así, donde muchas están presentándose a las mismas audiciones donde unas ganan el papel y otras se vuelven de vacío ayuda a aumentar la tensión entre esas cuatro paredes.

Entre el resto del reparto destaca nombres como el de Lucille Ball en una de sus primeras películas o Ann Miller quien con tan sólo 14 años ya estaba haciendo sus primeros bailes ante la cámara, pero sin duda hay dos nombres que hay que destacar. El primero es el de Andrea Leeds, quien era casi una desconocida pero gracias a su interpretación de Kay, una dulce y frágil aspirante actriz conseguiría su primera nominación a los Oscar. El otro nombre es Adolphe Menjou un eterno secundario que aquí da vida a un productor que utiliza a las mujeres a su antojo sabiéndose el dueño y señor de sus carreras teatrales.

Ginger Rogers consigue tener una gran presencia al lado de alguien tan genial como es Katharine Hepburn, ambas plasman una relación de amor-odio cubierta de amistad y preocupación que es sin duda el eje principal por donde se mueve la trama.

Se nota que es una adaptación teatral ya que se realiza todo el film en tres escenarios principales aunque en alguna escena cambie el decorado y con una cámara bastante estática que por momentos hace perder fuerza al film. Aunque es indudablemente un film recomendable, el simple hecho de ver a Hepburn así lo hace, es inevitable pensar que se podía haber sacado más jugo a la película, sin esos tumbos entre un género y otro, y con un rumbo más definido esta historia podría llegar a calar mucho más. Es muy difícil llegar a sufrir por un personaje cuando hemos estamos más de media película con un clima distendido y cómico, para recoger hay que sembrar y no se nos puede pedir que cambiemos de repente y una emotividad que no se ha labrado salga a relucir a la primera de cambio.