Clasicosis

Cine clásico: “El gran Mclintock” es para reírse sin tomárselo en serio.

- Oh, Katherine, ¿qué vas a creer, lo que ves o lo que yo te diga?

Ficha: El gran McLintock

Hoy es uno de esos días en los que voy a necesitar vuestra ayuda para bajarme de la nube y hacerme ver que esta película no es tan grande como yo creo, porque la verdad, la primera vez que la vi me pilló por sorpresa encontrarme con una comedia tan disparatada y me ganó, lo confieso, me encanta a pesar de todo lo que representa. “El gran McLintock” (McLintock!, 1963) es una comedia, vale, la podemos considerar western porque ocurre en el oeste, pero básicamente es una comedia pura y dura aunque es cierto que necesitamos localizarla en el oeste para que se den esas situaciones tan brutas, llenas de machismo, caciquismo, golpes y mamporros sin que desentone.

La historia trata sobre un terrateniente (John Wayne) que ve amenazado sus terrenos por los colonos. Pero a la vez, la vuelta de su hija, tras dos años fuera, trae consigo la vuelta de su mujer. Kate McLintock (Maureen O’Hara) había dejado a su marido por no soportar las costumbres del rudo oeste y regresa con la intención de llevarse a su hija a un sitio más civilizado, dando más quebraderos de cabeza aún a McLintock. Aunque ella tampoco lo va a pasar bien viendo a la nueva cocinera (Yvonne de Carlo) que ha contratado su marido.

 

Hay escenas en este film que para mí son puro entretenimiento, te tienen con una sonrisa en la boca y hasta te hace soltar una carcajada a lo largo de sus dos horas de duración. Un ejemplo es la escena de las escaleras donde McLintock llega con tal borrachera que subir las escaleras al dormitorio se convierte en toda una odisea, si queréis ver este momento pinchad aquí, pero si no la habéis visto mejor no os la destripéis, que posiblemente sacada de contexto no os parecerá ni la mitad de buena que a mí. Pero sin duda para mí uno de las mejores bazas de esta película es la inclusión del jefe indio, que sale poco y habla menos, pero cada aparición es mejor que la anterior, completamente desternillante. Tiene esa cara de “mira estos blancos la que están liando” y una obsesión por conseguir whisky que me hace reír a carcajada limpia.

Por otro lado, esta obra fomenta una serie de valores y actitudes bastante denigrantes para la mujer, con un lavado de imagen hacia todos los terratenientes del antiguo oeste que desde luego no tenían unos intereses tan filantrópicos ni eran tan amigos de los indios como McLintock. Hay quien pone el grito en el cielo con una escena donde Wayne azota a O’Hara y por supuesto, desde mi punto de vista de mujer del siglo XXI y con dos dedos de frente repruebo absolutamente ese tipo de comportamientos, pero también he de decir que no me eché las manos a la cabeza y dejé de ver la película. Quizás una de las razones es porque tristemente en esta época era algo socialmente aceptable y sobre todo porque yo no considero a McLintock un ejemplo a seguir, entiendo a quien le parezca algo escandaloso porque en cierta manera este personaje sí que fue creado para admirarle y valorarle, pero yo, a estas alturas consigo ver las cosas con perspectiva y que una broma de mal gusto no me fastidie una película con la que estoy disfrutando.

 

Ya en el ocaso de las películas del oeste, con John Ford retirándose, y con las grandes joyas del género ya rodadas, encontrarte con una historia desenfadada que no hay que tomar en serio se agradece. Para quien crea que John Wayne no actuaba, que le de una oportunidad, que saca una vis cómica impresionante. Este título me recuerda un poco a “Alaska, tierra de oro” (North to Alaska, 1960), una historia con John Wayne donde también hay líos amorosos, brutos y comedia, aunque no tanta como aquí.

 

P.D: Os dejo una entrevista realizada a Maureen O’Hara y Stephanie Powers donde hablan del rodaje, de El Duque y cuentan alguna que otra anécdota.

Parte 1:

 

Parte 2: