Clasicosis

Cine clásico: ‘Tarzán de los monos' cumple 80 años.

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Ficha: Tarzán de los monos

Tal día como hoy, hace ya ocho décadas, se estrenaba en Estados Unidos una de las sagas más recordadas, la de Tarzán interpretada por el nadador Johnny Weissmüller. Tarzán es un personaje literario creado por Edgar Rice Burroughs que saltó a la gran pantalla por primera vez en 1918. Desde entonces creo que no debe haber casi ninguna década en la que no se haya hecho una adaptación, las últimas han sido las de animación creadas por Disney.

“Tarzán de los monos” (Tarzan, the ape man, 1932) está dirigida por W. S. van Dyke quien ya había realizado previamente varias películas en escenarios exóticos. Los medios y efectos especiales de los que se disponían eran bastante limitados y eso es imposible que no afecte a cualquier espectador actual, aunque hay ciertos planos y secuencias que, para la época, están realmente bien hechas y me estoy refiriendo, por ejemplo, a la del acantilado. A pesar de lo que podamos opinar ahora, lo cierto es que en su momento, la historia causó tanto furor que llegó a tener once secuelas y un grito de guerra que ha llegado hasta nuestros días.

 

Jane Parker (Maureen O’Sullivan) es una joven que se une a su padre y su compañero Harry en una expedición por África que les llevará a buscar un cementerio de elefantes donde encontrarán marfil suficiente como para hacerse millonarios. Durante el viaje aparecerá un hombre criado en la selva, Tarzán (Johnny Weissmüller), quien se llevará a Jane con él.

Johnny Weissmüller era un auténtico desconocido fuera del ámbito del olimpismo y la natación. A pesar de conseguir 67 récords mundiales, su nombre siempre irá unido a este personaje. Maureen O’Sullivan quiso alejarse de su personaje tras participar en varias películas de la saga, pero tampoco lo consiguió. Ella será siempre esa primera Jane. Gracias a que aún no existía la censura se nos muestra una relación entre ambos muy natural, Tarzán está permanentemente tocando a Jane, aunque sea de forma curiosa e inocente. Jane por su parte, sí que muestra los prejuicios sociales a este tipo de interacciones pero la atracción hacia Tarzán hace que sea difícil despegarse. Años después ya sería otra cosa, el hijo de ambos será adoptado ya no estaba bien visto dar a entender que ambos tenían sexo, algo absolutamente inconcebible a día de hoy.

La película es una historia de aventuras que tiene como punto diferente la localización. No tenemos un villano al uso sino que el peligro puede venir desde varios frentes: animales, tribus africanas o de pigmeos, etc. Su principal reto es el de transportarnos a la selva de una forma creíble. W. S. van Dyke utilizó metraje de su film anterior, “Trader Horn” (1931), para poner en las pantallas que hacían las veces de fondo de escenario. Este recurso es muy poco creíble y por lo menos en mi caso me distrae bastante. El que los grandes monos sean personas disfrazadas también es un detalle que a nadie se le escapa, sin embargo, se puede ver más como una anécdota graciosa que como un defecto.

 

A excepción de estas imperfecciones, si el espectador es benevolente y comprensivo con el momento en que se realizó la película, será capaz de pasar un buen rato saltando de liana en liana en brazos de Weissmüller. Van Dyke es un director que me suele gustar por el ritmo y concisión que le da a sus films y aquí lo vuelve a demostrar, es una cinta de entretenimiento que no aspira a ser más, y para ello no pierde el tiempo con tramas enrevesadas o superfluas, da al que está al otro lado de la pantalla lo que pide hasta 80 años después.

 

P.D.: ¿No creeríais que iba a cerrar esta entrada sin poner el famoso grito, no? Ahí va...