Clasicosis

Cine clásico: ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ intentado cambiar el mundo.

- Supongo que usted no hará uso de esta historia, ¿verdad señor Scott?

- No, señor. Esto es el Oeste señor, y cuando los hechos se convierten en leyenda no es bueno imprimirlos.

Ficha: El hombre que mató a Liberty Valance

Hace tan sólo un par de semanas hablamos de “El hombre tranquilo” (The quiet man, 1952) Hoy traigo otra vez a John Ford, otra vez a John Wayne, otra vez la historia llega en tren y otra vez es una obra maestra. Una obra maestra que hoy celebra su 50º aniversario. Quizás el mejor western de la historia del cine, aunque quizás el menos western de todos. Su complejidad no admite simples encasillamientos bajo una etiqueta.

“El hombre que mató a Liberty Valance” (The man who shot Liberty Valance, 1962) es la última gran película tanto de John Ford como del cine centrado en el oeste americano. Es uno de esos films que cierran la época dorada de Hollywood para dar lugar a un nuevo tipo de cinematografía, pero este cierre, afortunadamente es un broche de oro.

 

Llega el tren a Shinbone y Ransom Stoddard (James Stewart) se apea con su mujer Haille (Vera Miles). La vuelta al pueblo tras muchos años en Washington D.C. se debe a un funeral, el de Tom Doniphon (John Wayne). La curiosidad de un joven periodista hará que Ransom haga memoria y cuente su experiencia en este remoto lugar. Ransom era un joven abogado que decide viajar al oeste con la intención de instaurar la ley y el orden. Incluso antes de llegar al pueblo, Ransom se ve asaltado por el violento Liberty Valance (Lee Marvin) lo que le mostrará que quizás su objetivo no sea tan fácil de realizar.

John Ford nos propone un film con una historia sólida pero que deja a la interpretación del espectador una serie de cabos sueltos de los que posiblemente nunca nadie pueda afirmar tener la razón absoluta. A través de los dos protagonistas se despliega una serie de alegorías en torno al progreso y al fin del salvaje Oeste que pueden dar pie a eternos debates.  James Stewart es el hombre que llega del Este desarmado y con un libro de leyes bajo el brazo con el claro objetivo de civilizar a estos primitivos pueblos que se están quedado atrás. John Wayne por su lado es el héroe típico del Oeste, un hombre que entiende que la violencia se combate con más violencia, no existe ninguna otra salida para frenar a asesinos como Liberty. Estas posturas se irán flexibilizando y mostrando una maravillosa metáfora de lo que necesario para que una sociedad evolucione.

El triángulo amoroso que se forma con Vera Miles está llevado con una absoluta maestría. Ella está perfecta manteniéndose en un segundo plano sin intentar robar ni el más mínimo protagonismo. Hay una lucha encubierta por conquistarla pero está integrado dentro de la historia sin desviar la atención lo verdaderamente importante, y sin embargo a su vez, es uno de los pilares del film.

 

La elección del reparto es un gran riesgo que corre Ford. Situar a James Stewart como un recién licenciado que llega al Oeste sin tener ninguna experiencia laboral es casi un suicidio ya que el actor en realidad tenía más de 50 años. A pesar de ello parece inconcebible pensar en otros actores encarnando a estos personajes. Como suele ocurrir con Ford, hasta el personaje más insignificante está bien interpretado. Al cuarteto protagonista no se le puede poner un pero. James Stewart y John Wayne están soberbios. Sus personajes están llenos de aristas y evolución que saben ir desarrollando en el momento adecuado, dos hombres muy distintos en las formas pero muy similares en el fondo. La cantidad de historia no verbal que hay en esta historia es posible percibirla gracias a sus interpretaciones.

Lee Marvin como Liberty es un auténtico huracán de fuerza y destrucción que aterra en cada fotograma. Cuanto más veo este film más me reafirmo en que Vera Miles interpreta a la perfección su papel. Se mantiene en un segundo plano pero si reparamos en ella veremos que siempre está aportando algo y se ve en la última escena, donde sin una mueca se ve claramente lo que lleva por dentro.

Uno de los grandes tópicos que rompe esta película es su escenografía, si los westerns de la época, como la propia “Centauros del desierto” (The searchers, 1956) también de Ford, eran una explosión de color y paisajes abiertos, ésta por el contrario es un film rodado casi enteramente en interiores y en blanco y negro. John Ford cuida cada plano como es costumbre en él y llena el film de mensajes simbólicos que posiblemente no seamos capaces de descubrirlos hasta dejar madurar el film en nuestra cabeza unas horas o verlo por segunda vez.

 

Comenzar un film por el final es muy arriesgado, el interés del público puede decaer al ir avanzando la historia y atando cabos. Sin embargo John Ford consigue mantenernos atentos porque la película no se basa en descubrir quién es el autor del disparo que acaba con Liberty Valance, sino que está mostrando cómo dos formas opuestas de ver el mundo intentan demostrar que tienen razón en sus postulados. Podría hablar durante párrafos eternos sobre mis impresiones del film pero sería bastante injusto con quienes aún no la han visto, será mejor que me vaya mordiendo ya la lengua que mi intención no es aburriros ni destriparle una obra maestra a quien no la haya visto. Mi intención era hacer un homenaje a una de esas películas que se escriben con mayúsculas.