Clasicosis

Cine clásico: “La vida privada de Sherlock Holmes”, verdadero concierto de cine.

-Holmes... Permítame una pregunta. No quisiera parecer indiscreto pero, ¿ha habido mujeres en su vida?
-La respuesta es sí... Me parece usted indiscreto

Ficha: La vida privada de Sherlock Holmes

Decir que lo mejor de una película es su banda sonora, parece un pequeño insulto o una crítica negativa. Pues bien, aun teniendo en cuenta que en este artículo no vamos a hablar, ni mucho menos, de una obra maestra, esto se puede aplicar a “La vida privada de Sherlock Holmes” (The private life of Sherlock Holmes, 1970) sin que por mi parte suponga una falta.

Y es que esta versión de Sherlock (una más, y suma y sigue), realizada por el mítico Billy Wilder, es muy agradable de ver, mantiene el interés durante toda su duración (algo larga) y supone una visión casi amable y romántica del personaje.

Aparecen aquí dos historias sin mucha relación entre sí, que Watson almacenó para ser descubiertas tras su muerte, cuando ya no pudieran afectar a los personajes implicados. En la primera, Holmes se ve envuelto en una curiosa aventura con una bailarina rusa. La segunda, que ocupa la mayor parte del metraje, tiene como protagonista a una misteriosa mujer, Gabrielle,  que aparece flotando en el Támesis y anda buscando a su marido.

Esta mujer (nota para los Holmesianos: nada que ver con la fascinante Irene Adler) llegará a embrujar de tal forma a Holmes que se implicará personalmente en el caso, poniendo el punto sentimental a la película.

Y es que esta visión del detective no tiene nada que ver con la imagen de hombre frío y perfecto que nos han mostrado tantas veces. Al principio de la película, él mismo se encarga de decir que Watson exagera de forma obvia en los cuentos que va publicando en el periódico. No es un detective infalible, no odia a las mujeres, no tiene una mente tan analítica y ha tenido más suerte en algunos casos que otra cosa.
La relación con Watson sí que sigue la estela habitual, aunque la adoración típica que el narrador de las historias tiene en otras ocasiones está más diluida y hay un componente de desdén, incluso de cansancio, en el usualmente amable doctor. Incluso por un momento (uno de los más cómicos de la cinta), hay un atisbo de homosexualidad en la actitud del detective.

La película es un poco inclasificable: no es una cinta policíaca, no es un romance, no es una comedia; pero tiene un poco de cada cosa. Quizá esto es lo que hace que no llegue a ser redonda y que a veces no parezca de Wilder el guión (usualmente nos dio guiones perfectos). El espectador no sabe nunca a qué se enfrenta. Pero dicho esto, es cierto que los detalles de comedia son graciosos (nunca hilarantes), que la historia detectivesca es interesante y que el romance nos atrae.

Quizá otro punto débil sean los actores. Robert Stephen no está mal en el papel del detective, pero tampoco brilla como debería. Su maquillaje, además, es espantoso en algunas escenas y nos echa hacia atrás. Mejor me parece Colin Blakely como su ayudante, que es el que prácticamente lleva la parte cómica de la historia. Pienso que otros protagonistas hubieran mejorado muchísimo la historia (no sé por qué pero siempre he pensado que Rex Harrison, que ya sé que era muy viejo en la época, o incluso Peter Cushing, como Sherlock y Jack Lemmon como Watson hubieran sido perfectos; Wilder también pensó en Peter O’Toole y Peter Sellers para la pareja, otra magnífica opción). Por su parte Geneviéve Page me parece absolutamente plana en todas sus apariciones; cierto que es guapa, aunque nada del otro mundo, pero es que no actúa.

El que, como siempre, está absolutamente maravilloso es Christopher Lee (¿os imagináis, si Cushing hubiera sido Holmes, qué enfrentamiento hubiéramos tenido entre los dos, sin estaca ni nada?) en el papel de Mycroft Holmes. ¡Qué lástima que este gran actor se encasillara en el papel de colmilludo!

Por otro lado, la dirección correcta de Wilder y el trabajo de fotografía y puesta en escena contribuyen a que, a pesar de sus debilidades, la película se deje ver con enorme agrado.

Y esto me lleva a lo que me parece la mejor parte: la banda sonora. Como todos sabemos, Sherlock Holmes lleva a un violinista dentro. Por eso, el grandísimo Miklós Rózsa, hizo de este instrumento el protagonista de una música que, siendo profundamente romántica en sus momentos más pasionales, es dinámica en los momentos de aventura, divertida en los festivos, introspectiva en los pensativos, y sobre todo con un leitmotiv, que representa a Holmes, que cada vez que aparece reconocemos de inmediato. De hecho, el propio Holmes lo toca al violín en una escena. Rózsa, un músico húngaro emigrado a Estados Unidos poco antes de la barbarie nazi, es un enorme compositor, no sólo de cine (aunque sobre todo, recordemos Ben-Hur, que a pesar de ser un troncho tiene una música genial, Perdición, El ladrón de Bagdag, Recuerda, El Cid…), sino de obras de concierto. De hecho, el propio compositor adaptó su hermosísimo concierto para violín (una obra encargada y estrenada nada más y nada menos que por el rey de los violinistas de la época: Jasha Heifetz) para componer una banda sonora que no dudo en calificar de magistral.

Por esto digo que el primer comentario del artículo no quiere hacer desmerecer la película. Simplemente opino que la música es su mejor parte, pero porque dicha música es maravillosa. La cinta, como he explicado, se deja ver muy bien, y tiene una calidad suficiente como para ser bastante interesante, a pesar de no ser el mejor trabajo de Wilder. Pero una vez que la veáis, por favor, buscad de alguna forma el Concierto de Violín de Rózsa y escuchadlo: os sorprenderéis tarareándolo en todo momento.