Clasicosis

Cine clásico: 'La vuelta al mundo en 80 días' puede ser agotadora.

- ¿Una vuelta al mundo completa en 80 días?
- Eso es lo que he dicho.
- Bah, es una tontería.
- No, Fogg puede estar en lo cierto.

Ficha: La vuelta al mundo en 80 días.

Hay películas que se podrían considerar obras titánicas. El Hollywood clásico tiene unas superproducciones que confirman esto. “Quo Vadis” o “Cleopatra” son dos buenos ejemplos, pero a diferencia de este film están rodadas casi enteramente en interiores. “La vuelta al mundo en 80 días” (Around the world in eighty days, 1956) da el salto definitivo y traslada gran parte de su metraje a escenarios reales. Este aspecto dota al film de un atractivo visual inigualable, aunque no sólo de estética vive el cinéfilo.

A pesar de estar basada en la famosísima novela de Jules Verne el film se permite ciertas licencias (el famoso globo aerostático de la película no existe en la novela). El productor Michael Todd se centró en sacar adelante la película costase lo que costase y a pesar de escaparse el presupuesto de manera desorbitada acabó consiguiendo el Oscar a la mejor película, lo que acabó coronando su experiencia. Todd murió poco después (dejando viuda a Elizabeth Taylor ) con lo que se podría decir que con una película un Oscar, no es un mal promedio.

 

La historia es conocidísima por todos, el británico Phineas Fogg (David Niven) apuesta en su selecto club que es capaz de dar la vuelta al mundo en tan sólo 80 días, algo imposible en 1872. Y como en el Reino Unido las apuestas no son una broma, Fogg contrata a Picaporte (Mario Moreno “Cantinflas”) como sirviente y se embarcan en la aventura contrarreloj.

La excesiva duración del film es su principal escollo. Aunque de sus tres horas podemos restarle la introducción donde nos hablan de Verne y sus apariciones previas en el cine, donde por supuesto no podía faltar la referencia a “El viaje a la Luna” de Méliès. También debemos restar los aproximadamente diez minutos de intermedio y los créditos del final. La estructura del film tiende a resetearse con cada cambio de localización lo que corta el ritmo e interés del espectador haciéndola hasta eterna por momentos. El uso de tópicos y el conocimiento del mundo que tenemos hoy en día puede llegar a jugar en contra de la paciencia del espectador. De hecho, que el primer país que visite sea fortuitamente España puede hacer que empieces la película cogiéndole manía, obviamente somos todos adoradores de flamenco, los toros y vestimos con trajes típicos andaluces.

Para luchar contra esta pérdida de atención el film nos propone un juego, descubrir cuántas caras conocidas podemos llegar a reconocer. Con esta película aparece el fenómeno del cameo en todo su esplendor, algunos convertidos es maravillosos homenajes como ese Buster Keaton haciendo de maquinista del tren.

Los protagonistas forman una de las parejas más curiosas. David Niven está en el papel más recordado de su carrera. A su estirado, serio y excesivamente británico personaje le cuesta hacerse querer. Sin embargo su Sancho Panza es el encargado de llevar la comedia, Mario Moreno lleva a su Cantinflas a Hollywood consiguiendo que sea todo un acierto el cambio de nacionalidad del sirviente francés en la novela original. Completando el reparto está una jovencísima Shirley MacLaine, poco después de su debut en “Pero... ¿quién mató a Harry?”, en esta ocasión como exótica princesa india.

La parte técnica del film es prácticamente irreprochable. Tiene una producción impecable, Victor Young firma su última banda sonora y lo hace dando el toque musical a cada zona del mundo siendo capaces de adivinar donde estamos sin necesidad de abrir los ojos. La fotografía de Lionel Lindon convierte cada paisaje en un sitio que nos apetecería visitar. El director Michael Anderson sustituyó al guionista John Farrow dado que el productor quería controlar más su inversión, así que poco se puede decir sobre su estilo, sencillo y efectista pero con poca personalidad.

Soy de las que cree que un libro es para ir disfrutando a ratos sin embargo una película es para ver del tirón. Por eso hay títulos tremendamente difíciles de adaptar a la gran pantalla por lo necesario que es tener un gran poder de concreción y síntesis pero sin perder el espíritu de la novela. Extender en horas de metrajes la historia no es la opción más adecuada y menos en una caso con un contenido tan dividido en tramas episódicas casi cerradas.