Clasicosis

Cine clásico: '12 hombres sin piedad' reflexionando.

 

- Está en juego la vida de alguien, no podemos precipitarnos. ¿Y si nos equivocamos?

Ficha: 12 hombres sin piedad.

Venga, hoy vamos con un titulazo, una de esas películas que hacen del cine algo un poco más grande. El cine puede ser todo un despliegue de medios, o puede ser esto, una sala, un buen guion y un grupo de buenos actores. Que esto sea más sencillo no quiere decir que sea más fácil. Es un salto sin red, si el guion no es suficientemente sólido, los actores no consiguen transmitir o el montaje es simple y monótono todo puede empezar a hacer aguas por cualquier lado. Sin embargo, en este caso, Sidney Lumet, nos da una clase de cómo se hacen las cosas y eso que era su ópera prima.

“12 hombres sin piedad” (12 angry men, 1957) nos muestra a los miembros de un jurado deliberando sobre un caso de asesinato. El jurado tiene que llegar a un consenso, si le declaran culpable será condenado a pena de muerte. En la primera escena vemos al juez recordarle a este jurado las dos opciones que tienen, si hay la más mínima duda razonable deben votar inocente, si no el acusado será llevado a la silla eléctrica, eso sí, decidan lo que decidan tendrá que ser por unanimidad.

 

Ciertos miembros del jurado ya ven el tiempo de deliberación como un mero trámite, está clarísimo que es culpable, hasta que el jurado número 8 (Henry Fonda), plantea la posibilidad de debatir y analizar las pruebas antes de mandar a alguien al corredor de la muerte. Él no dice que sea inocente, sino que merece la pena tomarse un tiempo para reflexionar.

El heterogéneo grupo de hombres que coinciden en esta sala cubre un grandísimo abanico de comportamientos y actitudes humanos, hay personas de diferentes edades y clases sociales. Tristemente, por la época en la que tiene lugar no hay ni mujeres ni personas de otras razas. Las personalidades son de lo más diversas: hay tímidos, callados, educados, afables, dialogantes, dictatoriales, egocéntricos, intolerantes, narcisistas, irrespetuosos, prepotentes, opresores, hay ricos, pobres, algún gracioso que no tiene ninguna gracia, etc. Las diferencias físicas y la forma de hablar, pero sobre todo lo bien escrito que está cada personaje hace que a pesar de no tener nombres (se llaman o por su número o por su profesión) en los primeros 20 minutos de metraje ya tenemos claro quien es quien lo cual facilita el visionado enormemente.

Lumet juega con los pocos agentes externos que tiene, el calor de la sala consigue que todos estén más irascibles, y con ello la tensión va en aumento. La lluvia, por su parte, hace de bálsamo, calma y ayuda a aclarar las ideas. La cámara juega a favor de la historia, hay momentos en los que alguien habla, pero se centra en alguien mirando por la ventana, o a medida que avanza el film los planos son más cercanos, proporcionándonos una sensación de agobio y tensión aunque prácticamente no nos demos cuenta.

 

Pero esta obra es mucho más, no se queda en un retrato o crítica a la justicia norteamericana, o la pena de muerte, va mucho más allá. Nos habla de la forma de actuar y decidir del ser humano, la diferencia se observa en nimiedades como el voto público o secreto, qué nos lleva a decidir algo, motivos racionales o irracionales. Trata los prejuicios sociales, el clasismo, la violencia doméstica, la educación de los hijos, el respeto a los demás, la ignorancia o la indiferencia. Henry Fonda igual que sus compañeros de jurado consiguen unas interpretaciones impecables. Fonda recuerda bastante a otro gran papel que marcó su carrera “Las uvas de la ira” (The grapes of warth, 1940), se erige como abogado de las causas pobres rompiendo una lanza por el acusado, que al menos se merece un buen análisis de lo que en el juicio han visto y oído.

Por todo esto, recomiendo a quien no haya visto el film, que lo haga, ya que es una historia inteligente que desafía al espectador, te plantea dilemas continuamente y cuando acaba estás marcado de por vida. Además, hay una escena, que para mí pone los pelos de punta, cuando uno de los jurados se extralimita en sus palabras y el resto de hombres deciden hacer un gesto simbólico como rechazo, ahí te dan ganas de levantarte y aplaudir a Lumet, a Reginald Rose y hasta al chico que le llevaba el café a Fonda. Impresionante obra maestra.