Clasicosis

Cine Clásico: 'Caballero sin espada' de reluciente armadura.

- ¿Un cazador de ardillas para el Senado de los Estados Unidos?

- Escucha, un tonto entre los tontos. Un gran patriota que recita a Lincoln y Washington de memoria, se pone firme en presencia del gobernador. Incluso acoge a niños y gatos abandonados.

Ficha: Caballero sin espada.

Somos adoradores del cine clásico, eso es algo que a estas alturas nadie pone en duda. Hay días en los que te ves reflejado en historias con varias décadas a sus espaldas y te proporciona una sensación agradable, la de que el ser humano, por mucho que avance mantiene una serie de valores y actitudes que no han cambiado. Hay otros días, como hoy, donde ver lo en boga que se mantiene un film con más de 70 años no puede hacer más que apenarnos de sobremanera.

'Caballero sin espada' (Mr. Smith goes to Washington, 1939) es Frank Capra en estado puro. Cuando realicé una lista con mis cinco films del director este título se quedó fuera ya que mantiene demasiados paralelismos con otro título como 'El secreto de vivir' (Mr. Deeds goes to town, 1936). De hecho, el propio Capra tenía intención de hacer de esta historia una secuela de Mr. Deeds si Gary Cooper hubiera estado disponible.

Tras la muerte de un senador, el gobernador del estado tiene que buscar a un sustituto a quien mandar al Senado de Estados Unidos. Jefferson Smith (James Stewart) es un joven ingenuo e idealista adorado por los niños de su estado, los poderosos que mueven los hilos en la sombra ven en él alguien manipulable con lo que se convierte en el candidato perfecto para ir a representar a su estado (nunca se dirá el nombre en toda la película). Una vez en Washington, Smith está fascinado por los monumentos dedicados a los padres de la Constitución que dio la luz a Estados Unidos, mientras sus superiores, contrincante o la prensa le tratan como a un pelele o marioneta.

El juego de la política está reflejado de forma absolutamente cruel: el senador encarnado por Claude Rains; el todopoderoso empresario, dueño de terrenos, medio de comunicación cuya sombra es extremadamente alargada interpretado por Edward Arnold; o hasta simples secretarias arrastradas por el cinismo como el personaje de Jean Arthur. James Stewart encarna al político con vocación de ayuda y que no olvida que su labor es ser un representante del pueblo y cuyo trabajo debe ser en su beneficio, es decir, una especie que en 1939 ya estaba en peligro de extinción.

Stewart comienza siendo ingenuo, temeroso y demasiado idealista pero a medida que el metraje y la historia se va desarrollando su personaje y su actuación se transforman. Su trabajo es, por momentos, algo excesiva hay momentos de nerviosismo casi ridículos, pero sin duda es hacia el final del film donde el personaje se convierte en lo que es hoy en día, pura historia del cine. Su enemigo acérrimo, el representate del vil capitalismo Taylor (Edward Arnold) es un personaje extremadamente malvado. Se echa de menos algo de profundidad y tridimensionalidad para no caer en la crítica fácil. Es un personaje hecho para ser odiado sí o sí, un poco de sutileza le habría venido mucho mejor. Como es el caso de Claude Rains (que acabó recibiendo una nominación al Oscar), su senador que lleva años dentro del engranaje de la política más sucia es mucho más convincente y real.

Capra levantó ampollas con este film. Ya que no sólo la política queda en entredicho, la prensa y esa supuesta libertad que se le atribuye también recibe un buen tirón de orejas. El patriotismo excesivo que desprende puede estar algo fuera de lugar. Estados Unidos tiene un patriotismo que en España ni podríamos imaginar por eso ciertos montajes donde suena el himno, se ven las barras y estrellas, las parabras esculpidas en monumentos históricos nos pueden dejar fríos.

Pese a estos inconvenientes y a que el metraje es algo excesivo, la película es una muestra perfecta del adjetivo: "capriano". Ese cine inspirador que desgraciadamente no ha quedado desfasado. El mundo sigue necesitando gente altruista y porqué no, algo soñadora, que no quede atrapado por la erótica del poder. Cuando tengamos unos gobernantes justos, transparentes y que no se venden ante los intereses de otros que no sea el pueblo, la película pasará de moda, sería lo único negativo que esta nueva sociedad tendría. Mientras tanto, tenemos que seguir soñando con Capra.