Clasicosis

Cine Clásico: 'Fiebre en la sangre', un hijo a las puertas del mundo.

- Clayboy acabará su vida trabajando en la cantera y sus hermanos también, así que no soñemos más.

Ficha: Fiebre en la sangre.

Como cada jueves, toca hablar del clásico que esta noche emite Televisión Española. Esta vez nos toca volver a hablar del cine de Delmer Daves, de quien hasta hace unas semanas no habíamos hablado y con esta es ya la tercera entrega en menos de un mes. "Fiebre en la sangre" (Spencer's mountain, 1963) no se podría considerar uno de sus grandes títulos, sino casi su despedida del cine.

No alcanzo a comprender a cuento de qué viene el título para España. El film se centra en una familia de Wyoming que tras varias generaciones afincadas allí tienen una montaña con su nombre, y de ahí, su título original. La fiebre y la sangre ni asoman por la pantalla, y como metáfora sigo sin encontrarle ninguna conexión con la trama. Otro misterio más en torno a las traducciones que añadir a la lista.

Clay (Henry Fonda) y Olivia Spencer (Maureen O'Hara) son un matrimonio con nueve hijos que vive de su trabajo en el campo. El primogénito Clayboy (James MacArthur) es el primero de la familia en graduarse y sus ansias de aprender le hacen soñar con la universidad, un lujo fuera del alcance de su familia.

Estamos ante una película de corte familiar que tiende hacia el drama ligero. El peso del film se comparte entre la trama del hijo que quiere salir al mundo y estudiar, y la del padre que vive obsesionado con construir una casa en la montaña que lleva el nombre de la familia como regalo para su mujer. Sin duda, tener la oportunidad de ver a Henry Fonda y Maureen O'Hara en pantalla con el inevitable paso del tiempo marcado en sus rostros, es lo más atractivo de este film. Aún sintiendo una absoluta admiración y adoración hacia los dos, hay que reconocer que están correctos, sin más. La historia no les exige grandes interpretaciones y ellos lo solventan con naturalidad y buen hacer frente a la cámara, sin pasar a la posteridad por ello.

Delmer Daves pone el piloto automático para dirigir, el Technicolor y los espectaculares paisajes naturales le dan la belleza suficiente como para que donde sea que ponga la cámara quede un plano bonito. La narración es muy plana, que nos conmueva y nos toque el corazón es bastante improbable. Lo cual es casi una virtud, personalmente, me da muchísima rabia cuando una cinta familiar se empeña en que el espectador acabe llorando con alguna escena barata y lacrimógena.

En definitiva, lo que nos encontraremos será un film sencillo, sin pretensiones ni excesivamente fallido. Honesto en sus intenciones de ser exactamente lo que parece. Y con curiosidades como ver a Donal Crisp por última vez en pantalla o ver a la hija de Maureen O'Hara haciendo un pequeño papel de secretaria.