Clasicosis

Cine Clásico: ¿Quien teme a Virginia Woolf? Operación a corazón abierto.

- Eres un monstruo. Lo eres.

- Soy chillona y vulgar, llevo los pantalones porque alguien tiene que hacerlo, pero no soy un monstruo. No lo soy.

Ficha ¿Quién teme a Virginia Woolf?

Existen películas cuyo enigmático título nos atrapan antes de empezar. Esta es una de ellas. Si entonamos el famoso "¿Quién teme al lobo feroz?" que cantaban Los tres cerditos cambiándole el final de la frase obtenemos el título de este film. Un hecho anecdótico, como puede ser leer la frase en la pared de un baño en una taberna de Nueva York, puede acabar pasando a la historia.

"¿Quién teme a Virgina Woolf?" (Who's afraid of Virginia Woolf, 1966) es una de las cimas de la dramaturgia estadounidense. El autor, Edward Albee, ironizó en alguna ocasión con el hecho de que el guionista Ernest Lehman ganase 250.000 dólares por tan sólo introducir dos frases que no estaban previamente en su libreto. Una es en la que se propone ir a un bar y otra en la que se propone volver a casa. La obra, sin embargo, transcurría enteramente en el mismo salón. Desde luego, no es un mal sueldo.

George y Martha llevan 20 años casados y ya apenas se soportan. George (Richard Burton) es un profesor de historia en la univerdad donde su suegro es el presidente. Martha (Elizabeth Taylor) es una ama de casa de clase media harta de su vida y de su marido. Una noche, tras una fiesta, invitan a una pareja joven a continuar la velada en su casa. Comienza entonces una retaíla de discusiones, golpes bajos e insultos que sacarán a relucir lo peor de una relación extremadamente desgastada.

George esconde bajo un manto de calma y correción una personalidad altiva y un problema con el alcohol. Es un tirano que trata a su mujer con la mayor condescendencia, como si lo que ella dice no le afecte o le duela. Y eso es casi lo peor que le puede pasar a alguien que busca constantemente la confrontación. Martha, por su lado, es tosca y pierde continuamente las formas dedicándole pequeños pero continuos insultos a George. Ambos están en una relación tan tóxica que nisiquiera la presencia de dos extraños les frenará. Sufren constantes cambios de humor tanto entre ellos como con el resto.

Junto con la excepcional "La Huella" (Sleuth, 1972), esta película es uno de los pocos casoso donde todo el reparto acreditado es nominado a los Oscars. En este caso, las dos mujeres acabarían obteniendo el premio. Elizabeth Taylor está ante uno de los papeles de su vida. Deja atrás cualquier imagen que podamos tener de ella. Teniendo tan sólo 33 años, engordó unos kilos y se sumergió en esta atormentada mujer de mediana edad. Su trabajo no tiene otra descripción que excepcional en todos y cada uno de sus planos. Tiene uno de los papeles femeninos más complejos de la historia y lo saca adelante de manera brillante.

La réplica se la da su marido en la vida real, Richard Burton. Un actor sólido que sabe encontrar la crueldad en esa aparente quietud del personaje. Un personaje que cuando menos te lo esperas lanza un dardo envenenado. Burton va mostrando más capas a medida que las horas de velada van avanzando. La joven pareja son dos actores que no supieron o no pudieron aprovechar el trampolín que esta cinta les proporcionó. George Segal será recordado por ser un eterno secundario en los 70 y 80. Aún en activo, este título es de lo más representativo de su carrera. Lo mismo se puede decir de Sandy Dennis, ganadora de un Oscar por esta Honey ingenua y frágil.

También es para quitarse el sombrero el trabajo de Mike Nichols, quien debuta como director de cine con esta película. Aparte de la magnífica dirección de actores, el film tiene un impresionante trabajo de fotografía y sonido. Los personajes se mueven continuamente en el espacio donde se desarrolla casi todo el film. A pesar de la teatralidad de la puesta en escena, la cámara no se acomoda en un constante plano general.

Posiblemente estemos ante uno de los films más intensos. Un cruel retrato del fracaso de ese sueño llamado "american way of life". El espectador necesita alguna ventana que renueve el aire y le haga coger fuerzas para continuar. La ausencia de estos momentos de distracción hace que el visionado se haga duro y hasta algo largo. Incluso cuando hay ciertos puntos graciosos, estos están cubiertos de un patetismo etílico que se hace casi imposibles disfrutarlos. A todo esto hay que añadirle el vocabulario utilizado. Más allá de que el público de la época no estuviese acostumbrado, la cantidad de insultos y el acoso verbal constante al que los personajes se someten aumentan significativamente la intensidad del film. "¿Quién teme a Virginia Woolf?" nos dejará exhaustos. Es de esas cintas que hay que ver, pero una vez hecho, tardar mucho en repetir o acabaremos pidiendo el número del mejor teraputa de la zona.