Clasicosis

“Domingo de carnaval”, comedia grotesca con crimen amable.

-Con este tipo de asesinatos la cosa es muy clara: se trata de buscar al asesino. Si éste es tonto, se le coge enseguida y se ha lucido uno; y si es listo… no le coge nadie y al poco tiempo todo se ha olvidado.

Ficha: Domingo de carnaval

Prometí en la reseña a “La vida en un hilo” comenzar (o al menos intentarlo) un ciclo sobre nuestro Edgar Neville, figura que creo que hay que reivindicar con urgencia. Pues al fin lo prometido se cumple y arranco en segunda con este magnífico “Domingo de carnaval”, comedia policíaca, o sainete trágico, o burla dramática, o qué se yo, porque es una película inclasificable.

Y es que la cinta combina el cine negro (con toques importados de Hollywood, en donde Neville vivió y trabajó un tiempo), la comedia sofisticada, el sainete costumbrista, un cierto neorrealismo a la italiana, un cierto surrealismo pictórico, y mil temas más. Tal es la cantidad de cosas que mezcla Neville en esta obra que al final tenemos un producto muy particular cuyo género podríamos decir que es propio. Esta profusión de ideas a veces contradictorias refleja la personalidad volcánica del director y su inteligencia cinematográfica que es capaz de amalgamar a la perfección estilos tan dispares.

La prestamista doña Reme es asesinada en su casa. La investigación queda a cargo del novato Matías (Fernando Fernán Gómez), que detiene a un charlatán vendedor de específicos falsos, Nemesio (Joaquín Roa), al descubrir una boquilla del mismo abandonada en el lugar del crimen. A partir de aquí, Nieves (Conchita Montes),  hija de Nemesio, se introducirá en la trama para ayudar a su padre.

Esta historia sirve para mostrarnos, en primer lugar una radiografía absolutamente verosímil del Madrid de primeros del siglo XX. Está todo reflejado: el Rastro, los charlatanes (algunos de los que salen en la película son charlatanes reales, no actores), las calles aún no afectadas por la urbanización más industrial, los serenos, el habla popular… Además, es un Madrid pobre, castizo, folletinesco. La segunda cosa es el carnaval, y con respecto al mismo, debemos destacar en primer lugar que en el régimen franquista de la época, el carnaval está absolutamente prohibido: este hecho y la atmósfera de libertad, de desorden social, de reflejo de una sociedad pobre pero no tópica, muy alejada de la cinematografía propagandística (de la “españolada” de pandereta), provocó no pocas críticas por parte de los estamentos oficiales y de voces afines, lo que proporciona un extra de desafío tanto a la película como a su director y guionista.

Quizá como ejemplo de enorme Macguffin a lo sainetero, lo menos importante en sí es la investigación policíaca, que al final se resuelve (tranquilos, no voy a descubrir nada) muy rápidamente, y este es quizá el único pero a esta joya.

En cuanto a las actuaciones, Julia Lajos está pletórica, dando vida a un personaje bullicioso que es perfectamente creíble (estupenda la escena de la borrachera). De Guillermo Marín lo mejor que se puede decir es que en “La vida en un hilo” nos daba pena y nos parecía ridículo y aquí, cambiando totalmente de registro, se nos muestra como un asiduo de cabareteras que siempre que aparece nos da repelús: gran ejemplo de la versatilidad del buen actor.

A Fernando Fernán Gómez todavía no lo he visto en ningún papel en donde esté menos que estupendo. Aquí mantiene el nivel, o más bien lo inaugura ya que es uno de sus primeros papeles. La seriedad que pone en su trabajo de policía da paso a unas medias sonrisas (qué sutileza) cuando se encuentra con el personaje de Nieves, y a una cierta chulería aunque muy educada, muy disimulada, que justifican la atracción de ella.

Y en cuanto a Conchita Montes, como ya dije, tiene tanto encanto que qué más da si actúa más o menos bien. Te la crees y te seduce. Pero me forcé a hacer una prueba en la escena en que descubre que Matías la ha estado siguiendo para protegerla: el juego de miradas, las sonrisas, las caídas de párpados, las mil formas de ponerse y quitarse el chal expresando cada matiz de lo que siente el personaje son increíbles. Así que además del encanto, ¡qué bien que actúa!

Por último quisiera destacar lo que, sin duda, es lo mejor de la película: las escenas de carnaval, que no sólo dan marco a la historia, sino que constituyen una parte fundamental de la misma. Están rodadas maravillosamente, y son de una modernidad que sorprende (hay algunos planos al final, en el entierro de la sardina, que me recuerdan al Buñuel de Simón del desierto).

Como colofón, recordemos que lo que quería Neville en última instancia es que el espectador lo pasara bien, disfrutara (alto tan sencillo, pero tan difícil como eso). Con esta cinta lo consigue de pleno, así que siéntense a verla y después ya me cuentan.